La Revolución Digital, un proceso que no para.
La sociedad ha
cambiado radicalmente en los últimos decenios. Hemos incorporado de
modo natural a nuestras vidas, hábitos, costumbres y trabajos el uso
de las nuevas tecnologías.
Estamos viviendo
una auténtica Revolución
Digital que, junto
con el fenómeno de Internet, está transformando el mundo.
Los modelos de
comunicación
interpersonal, familiar,
social, los hábitos de ocio, los modelos de búsqueda de
información, el modo de trabajar han cambiado desde la llegada y la
utilización masiva de los ordenadores y de los móviles, al menos en
los países más desarrollados. Nos han llevado poco a poco de las
cartas y sellos postales a Whatsapp, del cine, el teatro y los
folletines impresos a juegos multimedia, multidispositivo y
multijugador de la enciclopedia en tomos a Google… Bastan estos
simples ejemplos cercanos para tomar conciencia de la forma en la que
tecnología y la conectividad se han incorporado a nuestras vidas.
Ya no tenemos
cámaras fotográficas analógicas, con carretes de fotos con rollos
de película para revelar, sino cámaras digitales con tarjetas de
memoria flash; no escuchamos ya discos de vinilo o casetes de audio
en cinta magnética, sino archivos mp3 o DVD. Ya casi no enviamos
cartas escritas por correo postal, sino correos electrónicos o
mensajes SMS. Ya no usamos la máquina de escribir, sino un ordenador
con un procesador de textos.
Hemos pasado de
ser una sociedad analógica,
basada en papel, a la espera de que nos cuenten las cosas, a
una sociedad
digital, donde
nosotros tomamos el mando y buscamos, decidimos y actuamos. No es
solo “no paper”, sino actuar con un clic.
El reto actual es
que podamos avanzar en la
transformación de la gran cantidad de información en conocimientos.
La facilidad de
acceso a la información, la gratuidad de la información, la
velocidad con la que se acelera el cambio son solo la parte más
tecnológica de un cambio social de paradigma.
Todo esto está
siendo posible debido también a que, junto con los mayores y mejores
servicios, la bajada de los precios, provoca una mayor demanda de
numerosos dispositivos de última tecnología: ordenadores portátiles
cada vez más potentes y pequeños, teléfonos móviles que incluyen
cámara de fotos, vídeo digital y conexión a Internet,
reproductores de música y vídeo, PDA, SMS, TDT…, y la
potenciación de una mayor demanda y un
hiperconsumo insostenible.
Una revolución
digital en la que, con la llegada de la web
2.0, está cambiando
la forma de relacionarse con la información. Ahora es posible formar
redes sociales en las que se generan los contenidos, enviando fotos,
vídeos, comentarios de noticias, foros, etc. Estamos asistiendo en
directo a los últimos coletazos del «apagón
analógico», un
verdadero hito en las telecomunicaciones, el fin de una tecnología
que comenzó hace más de un siglo con las primeras emisiones de
radio.
Pero no todo el
mundo disfruta de estos grandes avances tecnológicos. Está
aumentando, junto con las desigualdades sociales, la brecha digital,
que separa a los países y a las personas más desfavorecidas, por
una injusta distribución del conocimiento y de la riqueza. No todas
las personas participan por igual de esta revolución digital.
En pleno siglo XXI,
el 65% de la población mundial nunca ha hecho una llamada telefónica
y el 40% no tiene siquiera acceso a la electricidad.
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