miércoles, 22 de marzo de 2017

La Revolución Digital, un proceso que no para.

La sociedad ha cambiado radicalmente en los últimos decenios. Hemos incorporado de modo natural a nuestras vidas, hábitos, costumbres y trabajos el uso de las nuevas tecnologías.
Estamos viviendo una auténtica Revolución Digital que, junto con el fenómeno de Internet, está transformando el mundo.
Los modelos de comunicación interpersonal, familiar, social, los hábitos de ocio, los modelos de búsqueda de información, el modo de trabajar han cambiado desde la llegada y la utilización masiva de los ordenadores y de los móviles, al menos en los países más desarrollados. Nos han llevado poco a poco de las cartas y sellos postales a Whatsapp, del cine, el teatro y los folletines impresos a juegos multimedia, multidispositivo y multijugador de la enciclopedia en tomos a Google… Bastan estos simples ejemplos cercanos para tomar conciencia de la forma en la que tecnología y la conectividad se han incorporado a nuestras vidas.
Ya no tenemos cámaras fotográficas analógicas, con carretes de fotos con rollos de película para revelar, sino cámaras digitales con tarjetas de memoria flash; no escuchamos ya discos de vinilo o casetes de audio en cinta magnética, sino archivos mp3 o DVD. Ya casi no enviamos cartas escritas por correo postal, sino correos electrónicos o mensajes SMS. Ya no usamos la máquina de escribir, sino un ordenador con un procesador de textos.
Hemos pasado de ser una sociedad analógica, basada en papel, a la espera de que nos cuenten las cosas, a una sociedad digital, donde nosotros tomamos el mando y buscamos, decidimos y actuamos. No es solo “no paper”, sino actuar con un clic.
El reto actual es que podamos avanzar en la transformación de la gran cantidad de información en conocimientos.
La facilidad de acceso a la información, la gratuidad de la información, la velocidad con la que se acelera el cambio son solo la parte más tecnológica de un cambio social de paradigma.
Todo esto está siendo posible debido también a que, junto con los mayores y mejores servicios, la bajada de los precios, provoca una mayor demanda de numerosos dispositivos de última tecnología: ordenadores portátiles cada vez más potentes y pequeños, teléfonos móviles que incluyen cámara de fotos, vídeo digital y conexión a Internet, reproductores de música y vídeo, PDA, SMS, TDT…, y la potenciación de una mayor demanda y un hiperconsumo insostenible.
Una revolución digital en la que, con la llegada de la web 2.0, está cambiando la forma de relacionarse con la información. Ahora es posible formar redes sociales en las que se generan los contenidos, enviando fotos, vídeos, comentarios de noticias, foros, etc. Estamos asistiendo en directo a los últimos coletazos del «apagón analógico», un verdadero hito en las telecomunicaciones, el fin de una tecnología que comenzó hace más de un siglo con las primeras emisiones de radio.
Pero no todo el mundo disfruta de estos grandes avances tecnológicos. Está aumentando, junto con las desigualdades sociales, la brecha digital, que separa a los países y a las personas más desfavorecidas, por una injusta distribución del conocimiento y de la riqueza. No todas las personas participan por igual de esta revolución digital.
En pleno siglo XXI, el 65% de la población mundial nunca ha hecho una llamada telefónica y el 40% no tiene siquiera acceso a la electricidad.


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